Wednesday, February 15, 2006

Ojos que no ven (Cine)

Gus Van Sant, repartidor de pizzas Glam

Hay algunas películas que llaman “Independientes” (o Indies, que queda muy mono), cuando su integridad depende manifiestamente del grado de imbecilidad (cuando no de esnobismo u otra clase de subnormalidad) del espectador. Un ejemplo evidente es la triunfadora en Cannes en el 2003, de ese realizador maldito, rebelde con causas sociopolíticas (sumado trastornos de infancia y multiplicado por droga), progre homosexual, abanderado del antiprohibicionismo, que recoge el testigo de Burroughs, sólo que cinematográficamente (que es que los 80 son los 80) y que, a diferencia del escritor norteamericano, ni es entrañable ni tiene nada que decir. Autor de obras que acostumbran a uno, no a salir del cine, por ejemplo en mi caso, porque no voy; sí a darle al stop en cuanto se presenta la primera oportunidad de dejar con las bragas bajadas (y cagadas) películas como “Drugstore Cowboy”, “El indomable Will Hunting” o la película del otro día, la que nos ocupa, donde unos estudiantes recorren los interminables pasillos del instituto Columbine acompasados (y disfrazados) por Beethoven como fondo sonoro, ahí es ná (la gracia la achacaron al juego con los puntos de vista y a eso tan mareado que, supongo, con tanto esmero y cierta brillantez se esfuerza en llevar al cine de género violento Abel Ferrara, y que a muchos nos escojona nombrar, porque tampoco sabemos muy bien lo que es; sí, me refiero a lo que han dado en nombrar realismo sucio; aparte el reciente exitísimo del documental de Michael Moore sobre la tragedia). En fin, que no quería hacer una crítica (ya haré una que a diferencia de ésta, me haga de reír, por lo menos más que el bueno de Gus), que yo lo que quería es contarles lo que me pasó el día posterior de ver “Elephant”.
Abro la puerta a las diez de la mañana.
- Hola soy Gus. He recibido informes de que ha videado mi última película.
- Ayer, sí ¿Y qué hace usted aquí?
- He venido a disculparme por haberle hecho perder su precioso tiempo. Espero no haberle influido moralmente...
- No, no. No se preocupe.
- Mire que quería, de verdad, compensárselo de la manera que pueda.
- Insisto, señor, no se preocupe en absoluto. Tampoco tenía nada mejor que hacer ayer por la noche. De verdad que no soy de esas personas con la agenda muy ocupada.
- ¡De eso nada! ¡Podría haber alquilado otra película en lugar de la mía! ¿La ha devuelto ya?
- Pues mire, no. Me acabo de levantar. Quizá esta tarde... me da una pereza.
- ¡Traiga que se la devuelvo yo!
- ¡No, hombre, no! No se moleste, en serio.
- ¡No! Si no es ninguna molestia. Compréndame. Es que soy director de cine...
- Insisto en que no se preocupe. La devuelvo y así me doy un paseo.
- ¿Un paseo? ¡Eso mismo pensé yo cuando fui a Cannes! ¿Le puedo invitar a una caña y se lo cuento? ¡Soy una zorra! ¡No merezco existir! ¡Escúpame!
- Deje lo de la caña, buen hombre. Y no, no tengo ninguna gana de escupirle ¡Váyase! ¡Ruede películas y déjeme en paz, buen samaritano!
- ¿Sabe lo que voy a hacer? Me voy a ir a La India como la madre Teresita. Voy a dar de comer a los niños pobres. ¡Mire que la culpa no fue mía! Si yo le contara, querido amigo, cómo está el mundillo del cine indie ¡Esa secta nos vuelve locos a los humildes realizadores que venimos del underground...! (De repente le suena el busca) ¡Vaya! ¡Siete ventas más en el Corte Inglés de Serrano! ¡Se me acumula el trabajo! ¿De verdad que no quiere usted escupirme ni que le lleve la película al videoclub ni nada antes de que me vaya?
- No, señor, váyase que ya le está pitando el de la limusina.
- Le voy a decir algo: Usted, usted no es un simple curioso de los festivales de cine post – moderno. Usted no es solamente un barato consumidor de las revistas culturales del Fnac. ¡Usted es una persona con un gran corazón! Dios le bendiga (Y se fue).
Regresé a la cocina y me comí un sándwich con mucho queso. Después fui al garaje. Saqué las ametralladoras. Las estuve limpiando cuidadosamente con Mr. Proper (ahora Don Limpio) durante cuarenta minutos y, después de dejarlas en el baúl junto con las granadas y el viejo lanzador de misiles, salí a que me diera el aire. Hacía un sol de justicia.

Sélavy–España-

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